Miércoles, 18 Octubre 2017
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Cómo viven los jóvenes salesianos el carisma de Don Bosco en Uruguay.

La fe cristiana es un compromiso de servicio con Dios y la humanidad.

La vida del cristiano es un camino de seguimiento de Jesús.

¿Ya practicaste algún tipo de silencio hoy?

Para hacerles a los demás la vida amable, tan importante como la palabra cordial y el diálogo es el silencio. La caridad con el prójimo exige saber callar. “No abras la boca –dice un viejo proverbio– si no estás seguro de que tus palabras serán más bellas que tu silencio”.

La cuaresma nos propone vivir la conversión a través de algunas prácticas que ayudan a dar nuevos significados a nuestras costumbres. El ayuno, así podemos llamar a esta dinámica de resignificación, implica renunciar a algo - que puede ser bueno y válido en sí mismo - para hacer surgir otro algo nuevo y más intenso. Así, el ayuno de ruidos externos e internos puede ser una muy buena práctica: Conoce los silencios del amor y deja que tu vida sea transformada por ellos.

Silencios medicinales

Existen muchas palabras que vuelven desagradable la vida a los que escuchan. San Pablo exhorta así a los efesios: “No salga de su boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que los escuchen” (Ef 4,29).

“Las malas palabras” no son sólo las palabras maliciosas que hacen o causan daño al prójimo (insulto, humillación, calumnia, mentira), sino las que –aunque sean banales– de algún modo incomodan y vuelven desagradable la convivencia.

 

Es común que muchas personas se dediquen casi habitualmente a molestar a los demás con su boca y ni siquiera se den cuenta de ello.

Hagamos un examen de algunas de esas posibles palabras, que están necesitando de que les apliquemos la medicina del silencio.

Palabras emocionales. ¡Cuántas explosiones! Cuántas respuestas bruscas, cuántas censuras de pequeñas faltas, hechas en el momento, cuántos reclamos nerviosos y poco delicados, cuántas evaluaciones precipitadas; cuántos comentarios sin pensar e imprudentes… vuelven desagradable la relación y cargan el ambiente del hogar o del trabajo.

Es necesario luchar para ejercitarnos en el silencio medicinal. Cerrar la boca es una mortificación santa, difícil pero necesaria.

“El silencio nos vuelve mejores –decía la gran educadora Lubienska de Lenval-, el silencio es una conquista de nosotros mismos”: un acto de autodominio que puede ser alcanzado poco a poco, con la gracia de Dios, si nos ejercitamos en luchar por dominar la lengua.

Bien afirmaba el místico alemán Tauler que “el silencio es el ángel de la guarda de la fortaleza”. Sólo el alma espiritualmente fuerte logra dominar emociones que salpican palabras sin pensar.

Torrentes de palabras: la locuacidad incontrolada, la palabrería de la persona que habla, habla, habla…, y no deja hablar, ni escucha, ni se percata de que está sofocando a los demás. “Después de ver en qué se emplean, ¡íntegras!, muchas vidas (lengua, lengua, lengua con todas sus consecuencias), me parece más necesario y más amable el silencio” (Camino, n.447).

El filósofo Kirkegaard debe haber sufrido con estos tsunamis verbales, porque ya cansado decía: “Si yo fuera médico y me pidieran un consejo, respondería: cállense, hagan callar a los hombres”.

A muchos les haría bien proponerse repetir todos los días –y hasta muchas veces al día– aquella oración del salmo: “Guardaré mis caminos, sin pecar con mi lengua, pondré un freno en mi boca, mientras esté ante mí el impío” (Sal 39,2).

Dame un codazo divino de alerta, cuando la boca empiece a perder el control y a brotar sin pausa.

Palabras vanidosas. Hay personas que siempre tienen que meter su “cuchara” y dar su opinión en todo, aunque nadie se lo pida. Personas que interrumpen a los demás y hacen prevalecer su palabra para demostrar que el otro está mal informado, o sabe poco, o no sabe explicarse bien, o no tiene razón, o dice un disparate.

Es muy desagradable la actitud de las personas que se obstinan “en ser la sal de todos los platos” (Camino, n. 48), y pasan la vida dando “lecciones magistrales” sobre todos los temas de conversación.

Ahí ya no se trata solamente de luchar para controlar la boca, sino de pedir a Dios que nos ayude a profundizar seriamente en la virtud de la humildad, pues el vicio de “pontificar” es vanidad y orgullo.

Palabras secas. Hay personas que habitualmente hablan de manera seca, áspera, cortante y breve. Si alguien les llama la atención, contestan: “pero no estoy enojado con nadie, no estoy molesto, es mi manera de hablar”.

La respuesta es: “es justamente este ‘modo tuyo’ antipático que tiene que cambiar, si quieres hacerles la vida agradable a los demás viviendo la caridad cristiana. Un poco de suavidad afectuosa no le hace mal a nadie”.

Los silencios del amor

Los silencios del amor son muchos. ¿Ya viste la belleza de la madre, que contempla en silencio amoroso a su bebé en la cuna; o los silencios cariñosos y elocuentes de lo que se aman? No vamos a hablar de todos los bellos silencios. Sólo vamos a pensar en dos:

La atención. Es la capacidad (la amabilidad) de escuchar en silencio, sin interrumpir. Ya veíamos que esa actitud es de respeto por el otro y de caridad cristiana. Y da alegría a quien, de buena fe, está hablando con nosotros.

Además de eso, hay personas muy solitarias que necesitan, más que el alimento, un corazón que las escuche con interés.

Me gusta recordar que hace muchos años, cuando yo era un sacerdote joven, iba a visitar con frecuencia –por razones de trabajo– a un viejo obispo, al que le gustaba contar cosas de su infancia y juventud. En los encuentros, él hablaba todo el tiempo, y yo escuchaba sin decir palabra, con un silencio reverencial.

Pasado un tiempo, casi me caí de la silla cuando supe, por un sacerdote amigo, que el obispo decía de mí que tenía “conversaciones muy agradables”. Si la única cosa que yo hacía era escuchar.

El sacrificio silencioso. Es maravillosa la persona que sabe sufrir y sacrificarse en silencio, sin quejarse ni con palabras, ni con miradas, ni con gestos.

Conocí un grupo de personas santas, que nunca reclamaban: ni del dolor, ni del tiempo, ni de la comida, ni de la enfermedad. Cómo es agradable la convivencia con ellas. Hacen recordar la actitud de Jesús durante la Pasión. Sufría y callaba, por amor a nosotros. En medio de dolores e injusticias brutales, “pero Jesús seguía callado” (Mt 26,63).

Hay casos heroicos, verdaderos reflejos de Cristo en la Pasión. Hay casos simples (también heroísmos ocultos) que pueden ser imitados por todos.

En el monasterio de Lisieux, donde vivía santa Teresita, había una religiosa que, sin darse cuenta de ello, tenía constantes actitudes y comentarios desagradables. Santa Teresita se propuso escucharla y aceptar sus inconcientes impertinencias con gran paciencia y siempre sonriendo. Y la otra, ingenua como ella sola, terminó comentando: “No sé lo que es lo que ve la hermana Teresa, que me quiere tanto”.

No podríamos cerrar bien este capítulo si nos olvidáramos de hablar de lo principal: que los maravillosos silencios de amor que hacen la vida agradable al prójimo sólo pueden nacer de otro silencio profundo, de un silencio que purifica, calienta y transforma el corazón: el silencio con Dios, el silencio de la meditación, de la oración íntima y llena de amor, de humildad y de fe.

Ojalá pudiéramos repetir lo que escribió Ernest Psichiari, nieto de Ernest Renan –el famoso propagandista del ateísmo-, tras su conversión: “A esos grandes espacios de silencio –de silencio con Dios– que atraviesan mi vida, al final les debo todo lo que en mí pueda haber de bueno. Pobres aquellos que no han conocido el silencio. Porque el silencio es el maestro del amor”.

 

Artículo de Padre Faus, tomado de aletheia.org

 

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