Domingo, 26 Junio 2016

La alegria del Evangelio

Como hijos de esta época, todos nos vemos afectados de algún modo por la cultura globalizada actual que, sin dejar de mostrarnos valores y nuevas posibilidades, también puede limitarnos, condicionarnos e incluso enfermarnos. Necesitamos crear espacios motivadores y sanadores para los agentes pastorales, «lugares donde regenerar la propia fe en Jesús crucificado y resucitado, donde compartir las propias preguntas más profundas y las preocupaciones cotidianas, donde discernir en profundidad con criterios evangélicos sobre la propia existencia y experiencia, con la finalidad de orientar al bien y a la belleza las propias elecciones individuales y sociales». Al mismo tiempo, quiero llamar la atención sobre algunas tentaciones que particularmente hoy afectan a los agentes pastorales (Papa Francisco).

Una aproximación y lectura pastoral del capítulo acerca de las tentaciones de los agentes de pastoral de la Exhortación del Papa Francisco “La Alegría del Evangelio”.

 

Tentaciones de los agentes pastorales.

La fe es exigente, pero no una carga pesada. Al contrario, la fe resulta una auténtica fuente de alegría como consecuencia ha haberse dejado seducir por el Amor de Dios. Sin lugar a dudas que la alegría es un don del Espíritu Santo: un verdadero regalo que llena de aliento nuestro camino de la vida, y al mismo tiempo un deseo para que se difunda en todos los corazones junto con el amor de donde brota, gracias al soplo alentador del Espíritu Santo.

La fe es fuente de alegría cristiana como consecuencia de habernos dejado encontrar por Jesucristo, manifestado también en la amistad fiel, en la belleza de la creación, en la belleza del arte, de la música… en la belleza del Amor. “Alégrense siempre en el Señor. Se los repito: alégrense. El Señor está cerca” (Flp 4,4-5)

El Espíritu Santo deposita la alegría de Jesucristo resucitado en nuestro ser. Una alegría que está presente no sólo cuando todo va bien, alentándonos en nuestras responsabilidades y tareas, sino cuando llegan las dificultades; una alegría que permanece como las ascuas entre la ceniza de la lumbre, pero sin apagarse. Y, de pronto, ante un acontecimiento, su calor asciende en nosotros y todo se llena de calor y luz que caldea y anima nuestra vida.

 

 

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