Miércoles, 29 Marzo 2017

Ayudando a construir sentidos a la vida.

Ayudando a construir sentidos a la vida.

No basta pasear la existencia por este mundo. No es suficiente dejarse llevar entre los días, y estar a gusto, pero sólo eso. Hace falta mucho más. Reír con verdadera alegría y llorar cuando toque. Amar, en lo bueno y lo malo. Encontrar motivos profundos y auténticos para avanzar. Construir algo que dure, o al menos intentarlo. No tener miedo al fracaso, sino a quedarse sentado. Tener metas que de verdad merezcan la pena. Dejarse uno cautivar por los sonidos, aromas, colores, historias y proyectos de nuestro mundo. Eso es vivir con pasión.sentido vida

El gran problema de nuestro mundo no es la limitación, que esa la tenemos todos (cada cuál la suya). El problema es el conformismo: instalarnos demasiado pronto en realidades que nos agradan, aunque no nos llenen. Es satisfacernos muy rápidamente con un apacible bienestar en vez de aspirar a la plenitud. Es vivir en la dinámica del depende, si tengo ganas... en lugar de dejarnos zarandear por opciones y caminos que nos sacan de las fronteras más habituales. Es vivir en burbujas, confortables aunque incompletas.

Esto es, de hecho, nuestra vocación común. Pasar por la vida buscándole la entraña al mundo. Tocar los rostros y las historias que nos rozan, y descubrir lo profundo en ellas. Mirar siempre un poco más allá, un poco más lejos, y dejarnos sorprender, inquietar, emocionar, cautivar o sobrecoger por aquello que siempre nos renueva. Aspirar a lo grande, lo bello, lo bueno, lo profundo, lo pleno, ¿por qué no? Amar lo amable. Criticar lo malo, y apuntar soluciones, o al menos aspirar a ellas. Dar respuestas, no sólo zarpazos. No huir de lo que pueda estar al otro lado de nuestras opciones, pues sólo quien es capaz de echarse al camino llega a algún sitio. Aceptar el día y la noche.

¿Hay algo que te apasione? ¿Algo que, sientas que en tu vida merece la pena? ¿Algo que te llene, da igual si a veces es de alegría y otras de zozobra?

Publicamos aquí algunos encuentros-reflexiones que se han elaborado:

DEJAR QUE DIOS ESCRIBA NUESTRA VIDA (descargar) 

EL SENTIDO DE LA VIDA EN JESÚS (descargar) 

ERES MÁS DE LO QUE ERES (descargar)

EN BUSCA DE SENTIDOS A LA VIDA (descargar)

CAMINOS DE SENTIDO (descargar)

 

El Movimiento Juvenil Salesiano del Uruguay se ha trazado como línea de acción para el trienio 2013-2015 el ayudar a los jóvenes en la búsqueda y construcción de sentidos para la vida. Este objetivo puso a trabajar los múltiples equipos de animación pastoral y litúrgica, y presentan lo producido en un formato muy didáctico, con las pautas y algunos materiales necesarios para animar cada encuentro. Estos tres encuentros se titulan de la siguiente manera, y cliqueando en ellos los podrás descargar.

Lo que implica la búsqueda de sentidos.

La animación como experiencia que nutre y da sentidos a la propia vida en su totalidad

La acción concreta de animar la búsqueda de sentidos.

 

 

Don Bosco y las vocaciones

Don Bosco, porque quería como nadie a sus jóvenes, les proponía como meta la santidad. ¿Nos animamos a tanto? ¿Los queremos tanto?

DON BOSCO Y LAS VOCACIONES

ADORACIÓN EUCARÍSTICA VOCACIONAL

La vocación cristiana no es un añadido de lujo, un complemento extrínseco para la realización del hombre. Es, en cambio, su puro y simple perfeccionamiento, la indispensable condición de autenticidad y plenitud, la satisfacción de las exigencias más radicales, aquellas de las que está sustanciada su misma estructura de criatura. Del mismo modo inserirse en la dinámica del Reino, a lo que Jesús invita a sus discípulos, es la única forma de existencia que responde al destino del hombre en este mundo y más allá. La vida se despliega así enteramente como don, llamada y proyecto.
Tomar todo esto como base e inspiración de la acción, difundirlo de modo que se convierta en mentalidad de la comunidad educativa pastoral y especialmente de los mediadores vocacionales con sus consecuencias educativas y prácticas constituye la “cultura” de la que la pastoral tiene urgente necesidad.

He aquí las actitudes fundamentales que dan vida a una cultura vocacional y que nosotros querríamos privilegiar:

  • La búsqueda de sentido. El sentido es la comprensión de las finalidades inmediatas, a medio plazo y, sobre todo, últimas de los acontecimientos y de las cosas. El sentido es también intuición de la relación que realidades y acontecimientos tienen con el hombre y con su bien. La maduración del sentido supone ejercicio de la razón, esfuerzo al explorar, actitud de contemplación e interioridad. Se va descubriendo en diferentes ámbitos: en la propia experiencia, en la historia, en la Palabra de Dios. Todo converge hacia una sabiduría personal y comunitaria que se expresa en la confianza y la esperanza ante la vida. “Por lo demás, sabemos que en toda las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rom, 8,28a)

Los tiempos de maduración del sentido pueden ser largos. Es importante no renunciar y no cerrarse ante la perspectiva de descubrimientos ulteriores y más ricos. La cultura contemporánea está surcada por corrientes que ignoran, cuando no niegan, todo sentido que trascienda la experiencia inmediata y subjetiva.  Lleva así a una visión fragmentada de la realidad, que hace a la persona incapaz de dominar los mil episodios diarios, de ir más allá de lo epidérmico o sensacional. La madurez cultural comporta una síntesis, un marco de referencia más allá de los conocimientos aislados, para lograr orientarse y no quedar prisioneros de los hechos. La calidad de la vida decae cuando no está sostenida por una cierta visión del mundo. Y con la calidad caen las razones para implicarla al servicio de causas nobles.

  •  Apertura a la trascendencia, al más allá humano, a la aceptación del límite, a la acogida del misterio, la acogida de lo sagrado en sus aspectos subjetivos y objetivos, a la reflexión y a la opción religiosa.

Es este un horizonte que aparece en todas las actividades del hombre hasta ser una dimensión constitutiva: en el ejercicio de su inteligencia, en la tensión de su voluntad, en los anhelos del corazón, en la dinámica de  sus relaciones, en la realización de sus empresas. La existencia del hombre está abierta al infinito y así es la percepción que él tiene de la realidad. Hay hoy direcciones culturales que, conscientemente o no, llevan a cerrarse en los horizontes “racionales” y temporales y hacen incapaces de acoger la propia vida como misterio y don. Tomar en consideración la trascendencia quiere decir aceptar interrogantes, ir más allá de lo visible y lo racional. Las experiencias, las necesidades, las percepciones inmediatas pueden ser puntos de partida para abrirse a valores, exigencias y verdades ulteriores y más exigentes, que no hay que sentir como negación de las propias pulsiones, sino como su liberación y perfección. Como reveló Jesús a la mujer samaritana: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice «Dame de beber!», tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva” (Jn 4, 10).

  • Una mentalidad “ética”, capaz de discernir entre el bien y el mal y saber orientarse hacia el bien. Esa cultura está iluminada por la conciencia moral, más centrada en los valores que en los medios, y asume como punto básico la primacía de la persona. La cultura lleva siempre en su interior un impulso ético y es en sí misma un valor moral, porque persigue la calidad humana de cada uno y de la comunidad. Pero sobre ella repercuten los límites del hombre.

Algunas de sus tendencias y realizaciones, cuando no sistemas enteros, se presentan bajo el signo de la ambigüedad moral. Y esto en las dos dimensiones,  objetiva y subjetiva. El hecho llega a ser grave cuando en el dinamismo mismo de elaboración de la cultura, el criterio ético desaparece o viene subordinado a otros. Pierde entonces toda incidencia la referencia al bien y al mal, y prevalecen otras exigencias, como la utilidad, el placer, el poder. El lenguaje, en estos últimos tiempos, ha acuñado una serie de expresiones que ponen en evidencia, bajo forma de polaridad, la primacía o la ausencia de una referencia ética válida en la evolución de la cultura: cultura del ser y del tener, de la vida y de la muerte, de la persona y de las cosas. Desarrollar la cultura con mentalidad ética querrá decir, no sólo hacerla crecer en cualquier caso, sino contrastar sus concepciones y realizaciones con la conciencia iluminada por la fe para purificarla y rescatarla de la ambigüedad y alentarla en la dirección de los valores.

  • La posibilidad de un proyecto.   La apatía ante el sentido se transmuta con frecuencia en indiferencia hacia el futuro. Sin una visión de la historia no aparecen metas apetecibles por las que apostar, excepto las que se relacionan con el bienestar individual. En épocas anteriores las ideologías, con su carga utópica, impulsaron el proyecto social y favoreció también la disposición personal a implicarse en un proyecto histórico.

Puede haber hoy una contracción del futuro, junto a una dilatación del presente, que lleva hacia una cultura de lo inmediato. Los proyectos se agotan en un tiempo breve y se completan en los espacios reducidos de la experiencia individual. Las mismas iniciativas de bien pueden reducirse a querer corregir alguna cosa, a una búsqueda de autorrealización subjetiva, a un entusiasmo efímero. Proyectar quiere decir organizar los recursos propios y el proprio tiempo en consonancia con las grandes urgencias de la historia y con las demandas de las comunidades para alcanzar metas ideales dignas del hombre. Esto requiere conciencia crítica para defenderse de imperativos aparentes, capacidad de discernimiento para desenmascarar presiones psicológicas, generosidad motivada para ir más allá de los horizontes inmediatos.

  • Compromiso para la solidaridad, en oposición a esa cultura que lleva a centrarse en el individuo. Proyectos personales generosos pueden surgir sólo donde la persona admite que su realización está unida a la de sus semejantes. La solidaridad es una aspiración amplia que sube de lo profundo de las conciencias, del corazón de los acontecimientos históricos y se manifiesta bajo formas inéditas y casi inesperadas. Aparece como respuesta a macrofenómenos preocupantes, como el subdesarrollo, el hambre, la explotación. Inspira iniciativas ejemplares como los planes de ayuda, el voluntariado y los movimientos de opiniones, que van modificando la relación anterior entre persona y sociedad. Todo esto en ámbitos cercanos y mundos lejanos. Por consiguiente, moviliza el espíritu de servicio e impulsa a él.

Pero la cultura de la solidaridad se arrincona frecuentemente o la debilitan fuertes corrientes económicas y culturales. Presupone una visión del mundo y de la persona que considere la interdependencia como clave interpretativa de los fenómenos positivos y negativos de la humanidad. Nada tiene una explicación propia integral o una solución razonable si se considera de forma aislada. Pobreza y riqueza, desnutrición y dispendio son fenómenos correlativos. Entre estos contrastes, funge de mediación e interviene no sólo la ternura y la compasión, sino la responsabilidad humana. La persona no puede concebirse como un ser que primero se constituye por sí mismo y, sólo en un segundo momento, se orienta hacia los otros. La persona llega a ser ella misma sólo cuando asume solidariamente el destino de sus semejantes.

(P. Pascual Chávez sdb)

La vida es vocación

 

 

La vocación hace referencia a un modo global de asumir la vida y lleva consigo toda la carga de trascendencia presente en la existencia humana. Se refiere a un conjunto de valores y realidades, del que un determinado tipo de servicio es sólo un aspecto. La evangelización y la animación vocacional se sitúan, por tanto, en un único proceso de educación. El discernimiento de la propia llamada, la opción libre y bien pensada de un proyecto de vida, constituyen la meta y la coronación de todo proceso de maduración humana y cristiana. Dicho de otro modo, el punto cumbre del itinerario educativo de fe es la decisión y la opción vocacional.

 

Mapa de la vocación

Este mapa de la vocación humana fue elaborado por el equipo de Talita Kum al final de la Consulta de Pastoral Vocacional, realizada en Montevideo en mayo de 2014.

Regalo y tarea

“Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”. Frente a Poncio Pilato, representante del Imperio poderoso, el hijo del carpintero de Nazaret, expresó sin ambigüedades el sentido de su vida. Allí,  en el momento culminante, su vocación se le hizo totalmente transparente: dar testimonio de la verdad. La verdad sobre sí mismo, que en definitiva develaba la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre, sobre todo hombre.Todos en algún momento nos preguntamos: ¿Quién soy? ¿Para qué estoy en el mundo? ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Por qué pasan cosas tan diversas? ¿Qué puedo hacer yo con mi vida?

Un buen educador  realiza su misión desde la perspectiva de ayudar a que el niño, adolescente o joven que tiene a su lado, pueda descubrir y desarrollar su proyecto de vida. Un educador cristiano sabe que ese proyecto tiene que ver con Aquel que “al hacerse hombre se ha unido en cierto modo a todo hombre”. En Jesús,  el sentido de la vida se ha hecho carne, realidad tangible, hombre concreto.  El nihilismo, tan presente en nuestra cultura, no tiene cabida en nuestros ambientes. Ayudamos a la búsqueda personal e intransferible que cada chico hace de su propio proyecto, desde una mirada positiva cargada de sentido. Esta búsqueda tiene que ver, para nosotros, con la vocación, es decir con un llamado que, como  semilla buena, Dios ha sembrado en lo más profundo de nosotros mismos.  Ayudar a que la semilla germine sin que las piedras, ni las zarzas puedan ahogarla e impedir su crecimiento, ¡vaya tarea!
La mirada realista y positiva de Don Bosco sobre las posibilidades de cada joven, nos alientan a apostar a que los nuestros no se pierdan en la búsqueda egoísta de un proyecto centrado en sí mismos,  sino que vayan a más. Que nuestros jóvenes quieran vivir vidas que valgan la pena, llenas de sentido, porque llenas de amor, dispuestas al servicio, plenas de Dios. Así serán felices “en el tiempo y en la eternidad” diría Don Bosco. Hombres y mujeres que se pregunten: ¿qué quiere Dios de mí?
Don Bosco, porque quería como nadie a sus jóvenes, les proponía como meta la santidad. ¿Nos animamos a tanto? ¿Los queremos tanto?

 

(palabras del Cardenal Daniel Sturla cuando era Inspector salesiano - 2011)

 DON BOSCO Y LAS VOCACIONES

ADORACIÓN EUCARÍSTICA VOCACIONAL

LA NECESIDAD DE CONVOCAR: Aguinaldo 2011

¿CUÁL ES LA DIFERENCIA ENTRE LA VIDA CONSAGRADA Y LA VIDA SACERDOTAL?

 


Vivir una cultura vocacional

La vocación cristiana no es un añadido de lujo, un complemento extrínseco para la realización del hombre. Es, en cambio, su puro y simple perfeccionamiento, la indispensable condición de autenticidad y plenitud, la satisfacción de las exigencias más radicales, aquellas de las que está sustanciada su misma estructura de criatura. Del mismo modo inserirse en la dinámica del Reino, a lo que Jesús invita a sus discípulos, es la única forma de existencia que responde al destino del hombre en este mundo y más allá. La vida se despliega así enteramente como don, llamada y proyecto. 

Tomar todo esto como base e inspiración de la acción, difundirlo de modo que se convierta en mentalidad de la comunidad educativa pastoral y especialmente de los mediadores vocacionales con sus consecuencias educativas y prácticas constituye la “cultura” de la que la pastoral tiene urgente necesidad.

He aquí las actitudes fundamentales que dan vida a una cultura vocacional y que nosotros querríamos privilegiar:

  • La búsqueda de sentido. El sentido es la comprensión de las finalidades inmediatas, a medio plazo y, sobre todo, últimas de los acontecimientos y de las cosas. El sentido es también intuición de la relación que realidades y acontecimientos tienen con el hombre y con su bien. La maduración del sentido supone ejercicio de la razón, esfuerzo al explorar, actitud de contemplación e interioridad. Se va descubriendo en diferentes ámbitos: en la propia experiencia, en la historia, en la Palabra de Dios. Todo converge hacia una sabiduría personal y comunitaria que se expresa en la confianza y la esperanza ante la vida. “Por lo demás, sabemos que en toda las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rom, 8,28a)

Los tiempos de maduración del sentido pueden ser largos. Es importante no renunciar y no cerrarse ante la perspectiva de descubrimientos ulteriores y más ricos. La cultura contemporánea está surcada por corrientes que ignoran, cuando no niegan, todo sentido que trascienda la experiencia inmediata y subjetiva.  Lleva así a una visión fragmentada de la realidad, que hace a la persona incapaz de dominar los mil episodios diarios, de ir más allá de lo epidérmico o sensacional. La madurez cultural comporta una síntesis, un marco de referencia más allá de los conocimientos aislados, para lograr orientarse y no quedar prisioneros de los hechos. La calidad de la vida decae cuando no está sostenida por una cierta visión del mundo. Y con la calidad caen las razones para implicarla al servicio de causas nobles.

  •  Apertura a la trascendencia, al más allá humano, a la aceptación del límite, a la acogida del misterio, la acogida de lo sagrado en sus aspectos subjetivos y objetivos, a la reflexión y a la opción religiosa.

Es este un horizonte que aparece en todas las actividades del hombre hasta ser una dimensión constitutiva: en el ejercicio de su inteligencia, en la tensión de su voluntad, en los anhelos del corazón, en la dinámica de  sus relaciones, en la realización de sus empresas. La existencia del hombre está abierta al infinito y así es la percepción que él tiene de la realidad. Hay hoy direcciones culturales que, conscientemente o no, llevan a cerrarse en los horizontes “racionales” y temporales y hacen incapaces de acoger la propia vida como misterio y don. Tomar en consideración la trascendencia quiere decir aceptar interrogantes, ir más allá de lo visible y lo racional. Las experiencias, las necesidades, las percepciones inmediatas pueden ser puntos de partida para abrirse a valores, exigencias y verdades ulteriores y más exigentes, que no hay que sentir como negación de las propias pulsiones, sino como su liberación y perfección. Como reveló Jesús a la mujer samaritana: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice «Dame de beber!», tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva” (Jn 4, 10).

  • Una mentalidad “ética”, capaz de discernir entre el bien y el mal y saber orientarse hacia el bien. Esa cultura está iluminada por la conciencia moral, más centrada en los valores que en los medios, y asume como punto básico la primacía de la persona. La cultura lleva siempre en su interior un impulso ético y es en sí misma un valor moral, porque persigue la calidad humana de cada uno y de la comunidad. Pero sobre ella repercuten los límites del hombre.

Algunas de sus tendencias y realizaciones, cuando no sistemas enteros, se presentan bajo el signo de la ambigüedad moral. Y esto en las dos dimensiones,  objetiva y subjetiva. El hecho llega a ser grave cuando en el dinamismo mismo de elaboración de la cultura, el criterio ético desaparece o viene subordinado a otros. Pierde entonces toda incidencia la referencia al bien y al mal, y prevalecen otras exigencias, como la utilidad, el placer, el poder. El lenguaje, en estos últimos tiempos, ha acuñado una serie de expresiones que ponen en evidencia, bajo forma de polaridad, la primacía o la ausencia de una referencia ética válida en la evolución de la cultura: cultura del ser y del tener, de la vida y de la muerte, de la persona y de las cosas. Desarrollar la cultura con mentalidad ética querrá decir, no sólo hacerla crecer en cualquier caso, sino contrastar sus concepciones y realizaciones con la conciencia iluminada por la fe para purificarla y rescatarla de la ambigüedad y alentarla en la dirección de los valores.

  • La posibilidad de un proyecto.   La apatía ante el sentido se transmuta con frecuencia en indiferencia hacia el futuro. Sin una visión de la historia no aparecen metas apetecibles por las que apostar, excepto las que se relacionan con el bienestar individual. En épocas anteriores las ideologías, con su carga utópica, impulsaron el proyecto social y favoreció también la disposición personal a implicarse en un proyecto histórico.

Puede haber hoy una contracción del futuro, junto a una dilatación del presente, que lleva hacia una cultura de lo inmediato. Los proyectos se agotan en un tiempo breve y se completan en los espacios reducidos de la experiencia individual. Las mismas iniciativas de bien pueden reducirse a querer corregir alguna cosa, a una búsqueda de autorrealización subjetiva, a un entusiasmo efímero. Proyectar quiere decir organizar los recursos propios y el proprio tiempo en consonancia con las grandes urgencias de la historia y con las demandas de las comunidades para alcanzar metas ideales dignas del hombre. Esto requiere conciencia crítica para defenderse de imperativos aparentes, capacidad de discernimiento para desenmascarar presiones psicológicas, generosidad motivada para ir más allá de los horizontes inmediatos.

  • Compromiso para la solidaridad, en oposición a esa cultura que lleva a centrarse en el individuo. Proyectos personales generosos pueden surgir sólo donde la persona admite que su realización está unida a la de sus semejantes. La solidaridad es una aspiración amplia que sube de lo profundo de las conciencias, del corazón de los acontecimientos históricos y se manifiesta bajo formas inéditas y casi inesperadas. Aparece como respuesta a macrofenómenos preocupantes, como el subdesarrollo, el hambre, la explotación. Inspira iniciativas ejemplares como los planes de ayuda, el voluntariado y los movimientos de opiniones, que van modificando la relación anterior entre persona y sociedad. Todo esto en ámbitos cercanos y mundos lejanos. Por consiguiente, moviliza el espíritu de servicio e impulsa a él.

Pero la cultura de la solidaridad se arrincona frecuentemente o la debilitan fuertes corrientes económicas y culturales. Presupone una visión del mundo y de la persona que considere la interdependencia como clave interpretativa de los fenómenos positivos y negativos de la humanidad. Nada tiene una explicación propia integral o una solución razonable si se considera de forma aislada. Pobreza y riqueza, desnutrición y dispendio son fenómenos correlativos. Entre estos contrastes, funge de mediación e interviene no sólo la ternura y la compasión, sino la responsabilidad humana. La persona no puede concebirse como un ser que primero se constituye por sí mismo y, sólo en un segundo momento, se orienta hacia los otros. La persona llega a ser ella misma sólo cuando asume solidariamente el destino de sus semejantes.

(P. Pascual Chávez sdb)

 

 

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